domingo, 13 de junio de 2010

Cuando éramos los niños del mañana...






Cuando éramos los niños chicos y revoltosos, cuando éramos la poca hambre del mañana y solo nos alimentábamos del instante inmediato...

Yo, ya era la niña del aire y prendía cada uno de mis sueños al alma del viento. Por aquel entonces era más libre de lo que jamás he sido y no me perdían las ganas de beberme las noches de nadie, ni revivía en las palabras bonitas de nadie, ni me amarraba loca y encendida a la boca de nadie, ni nadie me mordía los besos o susurraba promesas junto a mis pechos, nadie me hacía maleable y de carne y alma blanda y vulnerable entre sus brazos.

Cuando era la niña rebelde y con pecas, y con suficientes sueños como para llegar de aquí a Marte; el mundo me trataba bien y yo no te necesitaba nada, ni tan siquiera un poco, y tú debías estar jugando a ser el héroe de cada tebeo, mientras yo tenía mi casita de palos y de maderas viejas en lo alto de la higuera del patio de mi abuela. Y allí, ponía la tarde boca abajo; saciándome de juegos las horas y creyéndome que la vida era un lugar la mar de interesante. Que yo sería médico o escritora, cuenta cuentos o actriz de teatro, que tendría mi vida y mi casa junto al mar y que tú estarías allí también allí cerca de mi presente.



Y el mar siempre estaba cercano en mi niñez y en mi vida, como lo sigue estando ahora. Y sus orillas susurraban a mis oídos testamentos que se perdían en las dunas que formaba la arena, en la que yo extendía mis brazos de niña al sol.

Luego me levantaba y me sumergía en sus profundidades y más adentro, más allá de las orillas en pleno mar; veía como las aguas se mecían con  los vientos y volcaban en su oleaje las leyendas que ellos les habían robado a los hombres y se las susurraban a las olas, antes de ser bebidos por ellas, en aquel juego que la marea creciente siempre provocaba al caer la tarde.

Y esas leyendas eran después los cantos de las sirenas, esas leyendas eran las que me habían enseñado a mi, cuando era niña, a contar y escribir los cuentos.

Yo también había jugado a ser sirena y tenía una cola larguísima y plateada, que aleteaba entre las olas levantándole pequeñas burbujas a las espumas y así al salpicar el aire, que éste viese y pudiese contarle a los hombres: que no hay azul del todo azul en el fondo del mar, que los peces nunca lloran ni tienen memoria de haberes en sus bocas de agua.


Y allí sentada frente al mar, yo había visto muchas veces que llegaban los hombres descalzos, con los ojos muy abiertos y con hambre y con el corazón lleno de sueños... Pero se sumergían precipitados y sin esperanzas en el fondo del mar, y el crepitar de las algas, y el tiritar de los azules infinitos en sus almas, les daba tanto frío y tanto miedo, que les hacía de repente tan pequeños que les dormía la memoria como a los peces.

Como si todo fuese en sus vidas solo un sueño y no hubiese sido nunca vivencia. Como si no supiesen, que el corazón se les haría de arena por no saberse entregar al sentido más puro de la vida. Como si ya no hubiesen estaciones más allá del invierno, colándose por sus pieles, ni paz ni calma, ni alegría dentro de los ojos. Como si ya no hubiese niñez que los recordara verdaderamente limpios y libres, amándolo todo en vida, siendo espontáneos, entregándose a todo lo que les hiciese ser verdaderamente dichosos.
y entregándose al amor con el silencio en cueros, con el silencio de la noche al desnudo.

Y así cuando el amor se les daba, ellos no lo reconocían y lo sentían como si fuese solo un sueño y no hubiese sido nunca vivencia en sus carnes, aunque lo hubiese sido hasta lo más hondo.

Y esa carne demasiado hambrienta y confundida, les pedía saldar sus dudas y sus deudas en otras carnes; lejos del mar y de sus almas y de un amor que les devolviera al centro de los mares, para alzarse al viento y remar con sus alas hasta los soles que les harían verdaderos hombres.

Y así pasaban el resto de sus días; siendo niños chicos hambrientos, hombres que se hacían viejos antes de tiempo, corazones vestidos de perpetuo invierno...

Y yo sentada frente al mar, así como ahora, como esta tarde de domingo, vertía mis males de amores fugaces e instantáneos y ciegos de verme a mi... Dejaba de creer en el amor fugaz, o en cualquier otro, que yendo y viniendo no me comprendiera, y volvía a caminar por la arena, y ya de espaldas al mar, volvía a ser la niña del aire, o la mujer que aún siendo adulta, lanzaba al viento sus deseos de amor grande y de encontrar tal vez mañana, un hombre verdadero, que se entregara al amor sin el corazón lleno de arena.
mayde molina

1 comentario:

Laura Caro Pardo dijo...

La infancia es el territorio donde todos dejamos algo sembrado y siempre queremos volver para recoger los frutos, donde se sembraron nuestros sueños y se concibieron nuestras esperanzas.
Muy bello, Mayde.
Besos